martes, 4 de septiembre de 2007

Húmeda punta de la lengua




a la memoria de Jacques Derrida
Sergio Aguillón o la literatura como posdata

Sabemos que la policía siempre llega tarde. La literatura es un evento que siempre viene después. Pero al contrario de la policía, la literatura siempre llega tarde, cuando todo está comenzando a suceder. Hay una impuntualidad congénita en la literatura: una «impuntualidad literaria» que sería una virtud ahí donde en la policía es una franca incompetencia. El crimen: la nota negra, siempre ocurrió antes, la literatura siempre se realiza después. Siempre se está escribiendo después, ante nuestros ojos que aún no han leído. Lo mejor de La Odisea, lo mejor de El rey Lear, lo mejor de Moby Dick o del Ulises es que aún no han quedado escritos, esto permite al resto de los escritores la ilusión de volver a comenzar con la literatura. Y al lector escribir con los ojos o la yema de los dedos. La Ilíada es ese gran libro de la posdata, «el libro que vendrá», para emplear una expresión de Blanchot. Lo que vendrá es el presente en el que nunca estamos, salvo cuando nuestros sentidos, nuestro pobre cerebro se confunde, y da paso a la belleza. –este es el secreto: nosotros no somos lo pasajero sino lo pasado– estamos ya, de algún modo, muertos. La literatura no pasa, sin embargo, a ser «lo leído».

Decía el difunto Derrida hace unos cuantos días, poco antes de morir, «aún no he sido leído». Lo que en el filósofo puede ser una lamentación, es en el escritor la marca de agua de un triunfo –que esto no sea leído, no sea agotado, que esto sea una posdata–. Que esto no haya agotado su lectura, que necesite una relectura, porque aún no fue leído.

*
Quién escribe (paisajista) ha ocasionado en mí esta divagación sobre la policía y la literatura puesto que en el libro de Aguillón-Mata se observa con intensidad el drama del tiempo en ese mixto que reúne escritura y lectura; siempre en busca de una poética del presente desde el presente literario. Presente confuso o –mejor– difuso que sucede entre líneas, entre las líneas. Escribir entre líneas, entre la línea de la ficción y de lo real, entre el presente y la posdata que debe ser toda literatura.

Escribir entre líneas. No para aludir al sentido que sólo u lector modelo podría desentrañar. Me explico, escribir desde la física de las líneas, la materialidad de la letra, la materialidad del papel, la materialidad de la ficción. Imagínese usted el arte de un pintor como Magritte, que dice «esto no es una pipa». Como René Magritte, o sea al contrario, Aguillón-Mata dice: esta es una ficción, más aún, la voz narradora de sus cuentos lo denuncia, y todavía más, se lo revela a sus indefensos personajes.

La voz narradora se convierte así en elemento narrado, opera entonces un metanarrador, un no-autor, todavía, que surge de la poética de Aguillón-Mata. Es entonces cuando la voz narradora se revela como sumergida en el universo de la invención. Las variaciones sobre este tema constituyen, a mi entender, los más brillantes momentos del volumen que aquí comento.

¿Quién escribe? (i)

¿Quién narra? «¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza? » ¿Cómo escribir ficción en la que el referente queda absolutamente suprimido? Tenemos el caso de la poesía concreta, Aguillón-Mata tiene el espíritu –la juventud– suficiente para intentar una narración concreta. La diégesis se convierte así en un pretexto para un ejercicio de estilo. Para la impunidad del creador.

Escribir en el tiempo, escribir en la atemporalidad temporal. El nuevo atletismo también escribe el presente escribiendo el presente de la escritura, es decir, ensayando la fusión entre lectura y escritura: leer entre líneas-escribir entre líneas. En ese contratiempo del arte, en su presente elusivo que reclama levedad, un atletismo de orden cronológico, proyectado hacia la naturaleza de la posdata. Creo que ese es uno de los sentidos en los que Ítalo Calvino pide levedad a la literatura del próximo milenio –a éste, que es siempre el próximo milenio–. En este sentido este es un libro de ensayos, aproximaciones al presente literario.

El escritor es un atlético psicópata –homo aestheticus, poetical psyco: actúa bajo una obcecada voluntad de escribir, un imperativo categórico al que responde desde luego cuando menos un tipo de escritor –cuando menos el prosista: debes y tienes que escribir.

Pero el escritor debería reunir esa segunda posibilidad. La escritura de un texto que se convierte en paisaje o en imagen total, como se sugiere en el relato “Paisajista”, en él la física de la escritura, la prosa, por la sincronía de un ojo que puede observarla en su conjunto instantáneamente, deviene fotografía. De esta manera, la metáfora que nos proporciona Quién escribe (paisajista) está referida también al progressus in infinito de Borges. La metáfora indica que nuestro propio aleph es un atrama, el cuento contado por un idiota, del que en instantes de iluminación podemos percatarnos.

Así, con elegante simetría, se reúnen dos historias en Quién escribe (paisajista) entre las que podemos encontrar los extremos del universo inventivo de su autor. En “Paisajista” la escritura de naturaleza diacrónica se convierte en imagen de naturaleza sincrónica, queda expuesta entonces la totalidad artística de la literatura, ejemplificada en el relato por la novela de culto Farabeuf.

En “Metamorfosis del verbo” el extremo contrario es mostrado con igual pericia. Un casco, como el de Mambrino, permite a su portador observar la realidad objetiva, sin el equívoco de la percepción humana. Tal realidad se ofrece entonces a la vista no como absolutamente subjetiva, sino como radicalmente ficcional. La vida de un universo entre líneas, producto, como sospechaba el Quijote, como ingenuamente descarta Descartes, de un genio maligno. Ya en otros relatos, como en “Fórmulas de cortesía” se da una brillante vuelta de tuerca a la inquietud meta literaria, cuando el escritor nos regala la historia de un personaje que existe entre los signos de su materialidad puramente tipográfica. En “Metamorfosis del verbo” por medio de una especie de aleph decadente y tecnológico, el protagonista alcanza a percibir el magro infinito de la realidad de su mundo, la prosa concreta de un autor que sabe hacer cosas con palabras.

Así concurre una de las preocupaciones artísticas de nuestro tiempo, de nuestra era neobarroca. La confusión, el crossover entre realidad y ficción. El paso de la ficción a la realidad que dispara en el mismo acto el movimiento inverso, ese que constantemente nos lleva a cuestionarnos, así sea por un instante, sobre el estatuto de realidad de nuestro mundo. Eso que ahora se lee entre líneas, que Sergio Alejandro Aguillón-Mata pone en juego con notables resultados.

¿Quién escribe? (ii)

Lo mismo que el pintor, lo mismo que el actor, lo mismo que el músico. Escribe una persona sin oficio ni beneficio. Creo que yo puedo afirmar esto debido a que no soy algo parecido a un escritor. Nadie que tenga la voluntad de escribir, nadie que logre algo en la escritura puede tener un oficio. El arte no consiste ni en el ejercicio de un oficio ni en la obtención de un beneficio. Hay un éxito extraliterario que consiste en el reconocimiento de nuestros congéneres, hay un éxito intraliterario que siempre consistirá en un fracaso, en una imposibilidad llevada a su extremo creativo, y ese es el feliz intento de Aguillón-Mata. Porque no saber escribir, porque no saber leer, es el principio –y el fin– de la literatura. Entregar todos mis recursos a una actividad de la que nada aprendo, a una actividad donde se tiene que inventar de nuevo las reglas de un oficio sin reglas, reglas precarias, siempre desechables. Reglas y beneficios imaginarios de un individuo –o individua, como dicen los funcionarios– que no hace sino (des)aprender a escribir: imperativo categórico de la escritura.

El escritor no llega a ser escritor, su mérito consiste en estar de camino a la escritura, de camino a la lectura, siempre desposeído por un futuro lector. Por eso repite la voz narradora de “El lector que escribe”:

I’m not here, It isn’t happening

I’m not here: escucha y escribe Aguillón-Mata, o esa voz que ahora, después, lo ha engullido «al momento en que escribo estas letras absoluta e irremediablemente mías (por hoy) y al momento en que son leídas por el desconocido remoto o alguien más que se apropie de éstas (absoluta e irremediablemente), otras promiscuas y volubles» (“El lector que escribe”, p. 41). Líneas «tan torpes como geniales, tan fantasiosas como realistas, tan ingenuas como ocultas, según se entiende por su absurdo y arte, por su presencia en todo texto y, a la vez, por su lejanía de todo texto, remotas, casuales; estas líneas que evocan una idea pensada, leída, intuida o escrita por todo lector que escribe (todo lector escribe, absoluta e irremediablemente)» (Ídem). El escritor no se queda sino en el pasado, puesto que es saqueado por su escritura, a la que, como dice el escritor Leandro Palencia «malbarata su vida». El escritor no está en sí –como nadie, ni siquiera el lector, está en sí–. Ni en sí ni aquí. Necesita –está destinado a– fundirse en ese antioficio de la escritura, ese pez soluble que es el autor. I’m not here, It isn’t happening. No estoy aquí pero esto sí está pasando. Nuestra vida real es sólo una sombra de lo que pasa en la literatura. Pero, esto no está pasando, en eso consiste malbaratar la vida a/en la literatura. Alejarme del mundo –dice Marguerite Duras– pidiendo al mundo que no se aleje de mí. Y el mundo, desde luego, se muestra indiferente. Pero de eso se trata, precisamente, entregarse a la escritura. Creo que Sergio lo ha hecho. Creo que no estoy aquí, que esto no está sucediendo. Que la policía no ha llegado, que no llegará a tiempo.

Quien escribe (paisajista), de Sergio Aguillón-Mata
Javier Acosta, octubre de 2004

miércoles, 2 de mayo de 2007

el pequeño pedal de la poesía

Ha aparecido el nuevo poemario de Juan José Macías, que mereció el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta en 2005. El título del libro despierta por sí mismo expectación: uno no puede sino preguntarse qué tipo de poemas pueden dar ocasión a tal nombre, qué tipo de endiablado plan se lleva a cabo en la Expansión de las cosas infinitas. Leyéndolo tuve la opaca certidumbre de que el plan era menos de orden cuantitativo que cualitativo, no es así del todo. Las expansiones son seriales más que lineales-acumulativas: basta con ver el índice: 4 series de diez poemas, sus títulos son numéricos, pero se expanden desde el 1 hasta el 0: un crecimiento cercano a la desaparición, una plenitud cercana al vacío. Se trata de series retornantes, de insistencias en, de, la poesía. Las series que van del 1 al 0 producen un bucle elegante y barroco: el último cero contiene la pequeña serie que a su vez, contiene la totalidad del libro: el aleph que es siempre la prueba del nueve del infinito. Nos movemos hacia la desaparición, pero en su preludio la vida regurgita todo. «Nos movemos hacia/ lo que se retira de nosotros señalando/ lo que se retira de nosotros.»
El infinito es lo que no termina de enumerarse, lo que carece de cifra, lo indescifrable. La Expansión de las cosas infinitas parte de la revelación de una exuberante incompletud, de su discreto y grácil éxtasis. que tiene a mi parecer dos referentes visibles. El primero es la lectura o mejor, el diálogo que Juan José Macías ha entablado con la aforística de Sergio Espinosa, de quien toma el epígrafe para su Expansión: «No hay más, pero sí hay menos […] hay un menos de mundo, una falta de mundo que no es una falta a llenar, que no es una necesidad a satisfacer.».  Sin embargo, la poesía de Macías no es la transposición de una filosofía (siempre ella misma, no en falta; más bien sobrada) sino un motivo para internarse en el decir: «Pero contra lo dicho/ siempre hay un más de mundo/ un mundo excesivo que aterra/ un más de cosas imposible de restar// un exceso de mundo». En este vertiginoso exceso acontece el libro.
He dicho que la Expansión me parece más cuantitativa que cualitativa. Macías escribe su nuevo poemario a partir de un volumen, de una modulación específica, diversa de sus libros anteriores. Y entonces damos con el segundo detonador del libro: la no menos difícil experiencia de lo neutro, en el sentido específico que la trata François Jullien en su deslumbrante Elogio de lo insípido. Se trata de la poesía desnudada de efectismos, la poesía como medio para aproximar las palabras hacia su desaparición, su delicuescencia en el sonido mismo del mundo, no la desaparición, sino el intervalo preciso entre el sentido y su ausencia, entre la sensibilidad y la indiferencia de ese no-todo de fondo, sin cifra, que llamamos mundo.
Para comprender el valor de lo insípido, Jullien recuerda la imagen que emplea Jankelevich en la descripción de la música de Gabriel Fauré: el pedal pequeño del piano, propio del «el lenguaje evasivo», «lunar», que ayuda a «buscar la media luz, pintar a media tinta, decir a medias palabras y a media voz». Uno de los poemas más representativos de la Expansión recrea la revelación del amortiguado sonido en que aflora la experiencia radical de la poesía. «Hace un momento una mujer se hallaba frente a mí:/ su mirada evasiva/ me unió al secreto de las cosas// que se haya marchado poco importa/ la provocación no insiste nunca// me doy cuenta: en el piano/ el pequeño pedal amortigua y tamiza.»
Hay en este libro elementos que recuerdan ese «hacer de la vagancia el propio claustro» que domina en Deo Volente, libro parteaguas en la trayectoria de Juan José Macías, de continuación bucólica en La venida de Hölderlin. Ya poco se reconoce de aquella Ánima ascua en que vibraba el ímpetu de un poeta adrede de muy variados apetitos; hay una nueva revelación que aguardaba al autor: «No aspiro más que a la decepción— /escribo para lo único ilegible: la pureza». Por ello es que la poética de Juan José Macías se mueve. En Deo volente podemos constatar la revelación de un arte de lo posible, de hacer posible lo imposible, en la Expansión observamos el cuidado, el bordear el silencio, el rozar apenas la potencia para no estropearla. Un cuidador del silencio se adivina en la voz que produce este protectorado del silencio: «no entres cualquier atisbo nuestro/ cualquier irrupción por nuestra parte inhibe/la existencia en ellos de las cosas posibles».

Expansión de las cosas infinitas, de Juan José Macías. Guanajuato: Ediciones La rana, 2006, 59 pp.

lunes, 30 de abril de 2007

Ensayar, desastrar, crear

La trayectoria de Sigifredo Esquivel Marín va contra la trayectoria, lo entiendo. No se dirige a una meta preestablecida, no es un plan. Es un intento, una apuesta, una cartografía —tal vez objetaría el mismo Esquivel. Pero digamos entonces que dicho trayecto es y no es en la misma dirección, en ese insistente divergir de la recta. Lo que se pueden plantear bajo una misma matriz que él explicita: ensayar, desastrar, crear.
Ensayar: acometer sin reservas, es decir, sin terreno ganado, comenzando siempre desde cero: el ensayo no acumula conocimientos, huye de las conclusiones y se detiene acaso sólo para eliminar los asideros “ganados”. Desastrar: abordar los objetos de estudio no para erigir postulados, sino para aprovechar las líneas de fuga, aquello que lleva a un sistema (del pensamiento, claro) a sus afueras: desatar las complicidades del concepto, las estabilidades de artificio. Crear: no instituir, sino producir, un desastre creativo, pensamientos heterónomos, fuera de la regla.
La trayectoria de Esquivel Marín se puede observar así como un repetido ensayo, una exploración por las coyunturas del pensamiento, por sus dislocaciones. Así es en su libro anterior Pensar desde el cuerpo (Premio Nacional de Ensayo Abigaíl Bohorquez 2005) donde aborda la posibilidad de introducir atractores extraños en el pensamiento, que permitieran explorar la irresoluble y turbia conjunción disyuntiva del cuerpo/mente; dirigiéndose hacia la filosofía poetizante de Spinoza y Nietzsche y desde la poesía antimetafísica de Pessoa. Creo sin embargo que bajo el desde del título se expresa un hacia. Un ensayar y no un terreno ganado, un desde conquistado —por fortuna. Me lo dice la lectura, más allá del título.
En Imágenes de la imaginación, aparece modulada nuevamente la conjunción disyuntiva: ahora por la imaginación. Explorando derivas de la imaginación y el entendimiento y el peliagudo tema de sus relaciones con lo real, Esquivel Marín nos introduce en la no separación entre imaginación e inteligencia. En Imágenes de la imaginación aparece esta cuestión que para mí es la más importante, la más audaz y productiva, la idea de que la imaginación es ya pensamiento (acaso el “transconsciente” que buscaba Mircea Eliade); la hipótesis de que la creación artística es ya sabiduría sin concepto. Aunque la imaginación no opere de acuerdo con el principio de la estabilidad, sino de acuerdo con el desequilibrio y la mudanza, con el constante devenir otro.
Pensar desde (o insisto, en un hacia, que se desprende de sí mismo ) las imágenes, apuesta de Imágenes de la imaginación, implica poner en obra un pensamiento hilarante, excéntrico, dispuesto a desasirse de las seguridades del pensar, como podemos leer en ese texto breve y mayor de Franza Kafka en que el concepto de devenir aparece con toda su potencia, como potencia suficiente para no dominar, para no conducir(se), para dejarse guiar. Se trata de «El Deseo de Ser Piel Roja»:
Si uno pudiera ser piel roja, siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas, porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo era una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo.

La invitación que formula el Esquivel Marín es similar, infiero. No se trataría de conducir el pensamiento intacto hasta las imágenes, no se trata, como quería Freud, de que donde está el ello advenga el yo. La apuesta se supone radical y difícil: conducir el pensamiento hacia la imagen es aquí aproximarlo a su des-fundamento. Como el arte, la imaginación es una “cartografía de la libertad [que] crea su propio orden” (p. 87), su propio orden, acaso desastrado, su danza en medio del caos. De la misma manera Schiller acuñó una de las definiciones más lúcidas del arte, como “aquello que se da a sí mismo su propia regla.” Como ese juego ideal del que nos habla Deleuze en su Lógica del sentido (“no hay reglas existentes, cada tirada inventa sus propias reglas”) o Roberto Juarroz en esa apuesta de la poesía que es “a todos los números”. Ese principio no histórico, no diacrónico. La imaginación no es buena porque nos prepare para pensar, para conocer el mundo, la imaginación es la potencia que nos permite escapar de los estereotipos del mundo, de las formas del pensamiento, del claustro de la identidad.
La imaginación, como la poesía, nunca va por el camino recto, como no lo hace Imágenes de la imaginación. Por fortuna no encontrará el lector un tratado sobre la imaginación, pero sí hacia la imaginación. El autor propone una ruta fractal, con excursos a Blanchot o a Saint-John Perse, con descensos en Bataille o en William Blake. La dinámica es la misma, creo, que con insistencia nos ha querido comunicar en sus libros, en su escritura y alocución, Sigifredo Esquivel: ensayar, desastrar, crear.
La divisa tiene que ver con una apuesta literaria —por fortuna— y no académica. La misma de Pensar desde el cuerpo y la del libro siguiente, que ya tuve oportunidad de ojear, Ensayar, crear, viajar (Ediciones de Medianoche, 2007): el pensamiento que tiene la lucidez necesaria para marchar hacia a la incertidumbre.


Jae

Sigifredo Esquivel Marín, Imágenes de la imaginación, Conaculta /Fundación para las Letras Mexicanas, 2006, 267 pp.