
algunos textos escritos, leídos, publicados o emborronados por Javier Acosta

Un hombre que escribe
Un hombre tenía escrito cabeza en la frente, mano en cada mano y pie en cada pie.
Su padre dijo, alto alto alto, porque la redundancia es como tener dos hijos, o sea, dos hijos de más, como en primera instancia, o sea, tener un hijo de más.
El hombre dijo, ¿puedo escribir padre en el padre?
Sí, dijo el padre, porque un padre está cansado de aguantar todo solo.
La madre dijo, me voy si viene toda esta gente a cenar.
Pero el hombre escribió cena sobre la cena.
Cuando terminó la cena, el padre dijo a su hijo: ¿escribirías eructo en mi eructo?
El hombre dijo, voy a escribir en Dios que Dios bendiga a todos.
Rusell Edson (Estados Unidos, 1935-2014) / Trad. j.a.
Nota: El poema recuerda el "hablar es incurrir en tautologías", de Borges... y ¿en la escritura? o ahí se pone en juego, acaso, la crítica de la tautología. Paz escribió en El mono gramático algo así como que el lenguaje es la crítica del paraíso, y que la poesía es la crítica del lenguaje. El poema anda por ahí, también recordando la ironía y el juego de El Gólem, de Borges; y al final afina la puntería en el último guardián de los nombres, escribe sobre él, quizá lo convierte en tabla sobre la cual escribir su mandamiento de poeta.
Susana Salinas
Reminiscencias de Susana Salinas
(Texto de Sala)
—1—
Reminiscencia. Nombre femenino. 1.- Recuerdo impreciso de un hecho. 2.- Lo que sobrevive de una cosa y sirve para recordarla.
—2—
El verbo del recuerdo es «re-cordar». Literalmente: volver a pasar por el corazón. El corazón es así «el órgano amoroso de las repeticiones», escribió Deleuze. Savoir par coeur —saber de(l) corazón— significa saberse alguna cosa de memoria. La memoria es Mnemosine, la madre las Musas. Madre de la invención y del recuerdo.
—2.1—
“La memoria es un bailarín disfrazado de alquimista” —: Valéry.
—3—
Mnemosine presenta, vuelve a presentar ante ti esas escenas: las últimas; es decir, las primeras; es decir, las eternas. El milagro de la memoria es volver sincrónico lo que antes era diacrónico. Susana Salinas presenta ante tus ojos aquellas escenas que abandonan por un momento el régimen de lo invisible. Imágenes desolvidadas que exhiben ante ti el enigma del ser.
—3.1—
El enigma tiene la forma de un ovillo, de un hilo que se enreda en sí mismo. Un laberinto, un nido, una madeja: en su centro un enigma.
—4—
Reminiscencia: Nombre femenino. Lo que en tu corazón aún te sobrevive. Lo que en tu corazón te guiña el ojo.
—5—
Para los más antiguos amantes del enigma, reminiscencia es desolvido. Míralo aquí, en esta colección de enigmas. Míralo, míralo: el enigma te mira.
—6—
«La memoria es un bailarín disfrazado de archivista». Mnemosine no archiva; poetiza, que es lo mismo que soñar, que es lo mismo que bailar. De ahí que cuando la memoria baila, sueña y poetiza. De ahí que Mnemosine —para llevar el paso, para pasar de nuevo por el corazón— es a la vez milagrosa e imprecisa.
—7—
Para el filósofo y para el poeta la reminiscencia es la imprecisión más acertada y verdadera. Para Platón implicaba la mirada de las imágenes imperecederas —los arquetipos. Para Borges era la manera en que reconocemos la belleza, esa que siempre, incluso al verla por primera vez, parece recordada.
—7.1—
Apolo es el dios de la flecha y la mirada; de la crueldad y la belleza. “Ha sido Apolo, amigos, el que con su dardo me ha herido.” La claridad deslumbra; el ojo herido por la flecha mira: mira.
—8—
Déjà vu de los sueños, de la pintura, del corazón, es la reminiscencia.
—9—
Si tu existencia tiene la forma de un laberinto, tu memoria también se llama Ariadna —la muchacha del hilo— que te permite adentrarte en los pasillos intrincados del recuerdo. Ya no para salir, sino para encontrar el impreciso y amoroso centro. Para llegar ahí donde la palabra no puede. Ut pictora poiesis: como la pintura es la poesía y al revés, ambas callan y muestran imágenes de lo invisible que late en lo visible. Ambas llegan ahí donde la palabra no puede: las guía un bailarín disfrazado de archivista.
—10—
Como en twitter, como en la telaraña, como en la madeja, como en la maraña, como en los fideos, como en los pensamientos, siempre hay un hilo en esta escena. Hilo de la memoria que se enreda en sí mismo. En las reminiscencias de Susana Salinas el nudo ciego se convierte en lazo clarividente, pues obedece el orden alquímico de las transmutaciones: madeja, maraña, ramaje, rizoma; el ojo, el ajo, la vasija; la cara, la casa, la caricata, la cabeza.
—11—
No es una imprecisión cualquiera. Un archivo que danza. La imprecisión clarividente y misteriosa que reúne y transmuta, que sobrepone planos, que invierte dimensiones, que nos hace pasar del papel de observadores al de observados. Las reminiscencias de Susana Salinas nos ponen ante el ojo de la pintura; por eso el «cuadro», que habitualmente tiene forma de ventana, aquí se puede transmutar en círculo; es decir, en pupila.
—12—
Mírala, mírala, la muchacha te mira.
—Javier Acosta
El pasado 9 de enero se fue Charles Simic, gran poeta contemporáneo. Nació en Belgrado en 1938. Vivió sus primeros años bajo las bombas y entre cadáveres y escombros. Siendo adolescente se desplazó junto con su familia a los Estados Unidos, “Hitler fue nuestro agente de viajes”, solía decir. Mereció el premio Pulitzer en 1990 por su libro The world doesn’t end. Amó la comida: “¿Quieres ser feliz?, ¡aprende a cocinar!”—y sostenía que la glotonería era la mejor prueba de la existencia del alma. Rafael Vargas lo tradujo admirablemente en la antología El sueño del alquimista, publicado por la UNAM. Jordi Doce fue otro de sus mejores traductores. Ambos palparon la vena de Simic, poeta de una imaginación clarividente ("la imagen sabe más"), de una afilada precisión expresiva y una socarrona filantropía ("la poesía sirve para mostrar a la gente su propia humanidad"); con su vasta obra generó una impagable deuda de felicidad en sus lectores —y de pasada dio nuevo aliento a la poesía contemporánea. Inútilmente he tratado de imitarlo.
Carbón
Ángel desmembrado,
en tu corazón aún arde la tierra
y la luna todavía no se le ha desprendido,
he aquí el mensaje
que tu larga noche anuncia:
todo lo que mi ojo abarca en este
instante,
este fuego, la mano ahuecada,
esta ventana, los árboles y más allá
tantas millas de nieve,
incluso este pensamiento, este poema,
todo será comprimido
en un grumo de tu sueño
hasta algún otro despertar.
Sandías
Budas verdes
en el puesto de frutas.
Comemos la sonrisa,
escupimos los dientes.
Parece que ha pasado mucho tiempo
desde que el mesero me tomó la orden.
La nieve cae afuera
de la pequeña y mugrienta lonchería.
Parece que ha oscurecido
desde que oí por última vez la puerta de
la cocina
a mis espaldas,
desde la última vez que noté
que alguien pasaba por la calle.
En la mesa que yo mismo
escogí al entrar,
un vaso de agua helada
me hace compañía
y el anhelo,
el increíble anhelo
de alcanzar a escuchar
la plática
de los cocineros.
—Versiones
de J.A.
Se puede entresacar del doble
título de este libro doble la palabra amor
y luego la palabra abismo, decir: amor a los abismos. Ya adentrados por los pliegues del libro, podemos
encontrar la palabra que sirve para anidar al pájaro, la palabra que sirve para
quejarse del peligroso sin dolor. Y las más importantes, las palabras que
sirven para decir lo que no se ha de decir, sino aludir en el poema —estas que ya
no son sólo palabras, sino versos: contrapunto del saber decir y del saber
guardar silencio.
*
Rita Vega y Juanita Conejero articulan los pliegues de este libro infrecuente, contrapuntístico. Ofrecen esta melodía doble, jánica. Caras de una moneda que gira en el aire y que caerá de los dos lados. Laderas de una montaña, cada una con su luz, con sus corrientes de aire y sus desfiladeros. Un libro así como el dios Jano, hecho de dos vertientes y de dos miradas, también de una voz dual.
*
Al entrelazamiento de más de una
melodía, se conoce como contrapunto —nota
contra nota—; para la música, como
para el poema, la contrariedad no implica adversidad, sino diversidad armoniosa:
polifonía —aspecto que comparte la música de la canción y del poema.
*
En su escritura, Rita Vega
celebra. En el doble sentido: festeja y lleva a cabo. Festeja la articulación
de la alegría con el dolor y del dolor con la belleza. Lleva a cabo, es decir, conduce a su límite, la unción de las
adversidades de la vida: “la ausencia de dolor es una forma de la muerte”.
*
Unir lo contrariado. No para
disiparlo, sino para celebrarlo: llevarlo a su extremo, afirmarlo jovialmente.
Esa, la jovialidad, es el signo de la poesía de Rita Vega. En sus propias
palabras: “Su experiencia, su límite / suele dejar secuelas: / una obra de arte o un
tiro en la frente.” Riesgo y poema, enfermedad y salud, dejan secuelas. De ahí
lo memorable del poema, de ahí el daño irreparable que sufrirá lo enemistado
con la vida.
*
Anticipaba el aire, el pájaro y el precipicio, para llegar al
contrapunto de Juanita Conejero. Signo de la metamorfosis y de la libertad, el
pájaro y su ámbito es invocado por la poeta “Hoy me siento gaviota y no temo/ a
los hondos precipicios / que me amenazan”.
Aves que se elevan, pero también que se zambullen. Bandada acuática, poema
múltiple, proteico.
*
Proteico es el mejor adjetivo que encuentro para el
decir de Conejero; por ello es que aproxima y unce las aguas con los aires. Por
eso el pájaro se vuelve flora submarina: “A veces soy como un alga marina / a
la orilla del mar.” Por eso el alga se refleja en los ojos de un faisán y el
faisán se vuelve ciudadano del océano. Del huevo al capullo, del pájaro a la
mariposa. El rumbo de Conejero es la resurrección, la victoria invencible de lo
vivo en su “eterna plenitud”. Ahí lo diminuto se acrecienta, la esclava se
vuelve soberana: “Todo es mío y nada tengo/ nada es mío y todo me pertenece”.
*
Si el poema de Vega es terrestre e inflamable, el de Conejero es aéreo y
marítimo. Comparten el ardor, brindan con el oceánico vino del poema. Podría
saludar Juanita Conejero a Rita Vega:
“Pareces de otra era de una llama sostenida / creada por el viento”. Podría sonreír, con su sonrisa inteligente
Rita Vega y celebrar el contrapunto de este libro: “el estar juntos / nos
devuelve una marea exacta de minutos y / la confidencia leve de los siglos”.
Podríamos saludarlas doblemente, atender a este contrapunto espléndido de la
palabra y el silencio, a este llamado doble del poema.
*
Si un prólogo es una invitación a la lectura, al prologuista corresponde
dar la bienvenida a los recién llegados, decir el por aquí, qué bueno que llegaron, preparen los oídos, ambos, y las
ambas también copas de vino. Dejen sonar la confidencia y el oleaje, dejen que
los oriente el llamado del aire, el amor al abismo.
(Prologo al poemario de Rita Vega Baeza y Juanita Conejero, El vigor de los abismos/ Todo el amor. Zacatecas: Texere, 2018. )
Pelos de la nariz llenos de polvo
Comentario a Y el verbo
se hizo polvo, de David Castañeda IZC/ Policromía, 75 pp.
Se suele esperar un buen tiempo para leer lo que uno quiere.
Para que se tarde menos en llegar, a veces hay que escribirlo; pero con un poco
de suerte, nos encontramos con personas inquietas que se nos adelantan. Hablo por mí. No sé cuántos años esperé para poder leer un poema en el
que aparecieran los pelos de la nariz. Y llegó a mí en Y el
verbo se hizo polvo, de David Castañeda. En el poema «Remolinos» aparece: «El
polvo se pega a los ojos, / al cabello/
y a los pelos de la nariz // Aquí no hay nada / solo una bola de
chamacos / persiguiendo remolinos / en el llano. // Su pelo, su nariz y sus
ojos / también van pegados al polvo. // Con las manos levantadas/ corren hacia
la nada que los trajo, / al viento que los lleva. »
Los ahora poéticos pelos de la nariz. El polvo pegajoso, el
remolino. La nadería, el viento. El
calor. Su estampa, su estampilla
pegajosa, como los timbres postales, esos que nos dejan la lengua resentida y
espesa. Lleno de elementos terrestres, corporales, de las calamidades de
existir, está poblado el libro de Castañeda, cuyo título toma el bíblico y el verbo se hizo carne, para mostrar
de manera fatalista el sino humano.
Para nosotros, entendidos en el asunto de la sequía, el libro
no es un remanso ni una evasión literaria. La sequía es aquí una metáfora del
estado de necesidad, de un atolladero, de la condición humana. Lo hace con una
clarividencia descarnada, poniendo en paralelo el tono bíblico y su encarnación
en el terregal al que estamos confinados, luego de haber cometido el involuntario
pecado de haber nacido.
Emparentado con la tradición rulfiana del habla rural, o más
bien telúrica, Castañeda se ha
propuesto y ha logrado erigir un microcosmos, un desolado mundo (o mundillo) al tiempo sencillo y terrible,
infantil y antediluviano, grave y sarcástico. Se trata en mi opinión de un
notable logro literario, encomiable por dos razones: la primera porque logra
unir el modo del discurso con el espinoso escrutinio de lo humano. Si es que aún podemos entender lo humano en su desnudez,
en su pobreza bíblica, en su desesperanza. La segunda porque se trata de su primer libro,
en el que su discurso muestra una cohesión infrecuente ente elementos
antagónicos, articulando un tono al mismo tiempo grave y socarrón; breve y
rotundo.
Otra de las virtudes de la escritura de Castañeda en este
libro es, como ya dije, la recuperación del habla y de la cadencia entrecortada
y seca del semidesierto. Es remarcable además que a contrapelo de los usos
recientes, no renuncia a las marcar de origen, sino que las acentúa,
incorporando su espesor semántico al poema. El efecto se disemina en la
lectura, de manera que nos deja ver que por debajo o por encima de nuestro timeline, la fábula (o parábola) de Y el verbo… permanece el illo tempore de la condición humana, el tiempo de la sequía, o del
estiaje, sucede y sigue sucediendo. A pesar, insisto, de todo aquello que minuciosamente
soslayamos en este hiperespacio al que hemos trasladado nuestras existencias.
Lo escatológico es el conjunto de creencias sobre el destino
y sobre lo que hay después de esta vida, también indica el uso de voces
relativas a lo excrementicio, David Castañeda logra edificar una escatología
genuinamente literaria, poniendo a Dios al servicio de la literatura y no al
revés, poniendo lo excrementicio al servicio de la literatura y no al revés. No
al revés, al contrario de aquella tentación en la que constantemente recaemos.
Javier Acosta.- 1º de junio de 2016.