jueves, 26 de enero de 2023

Charles Simic


 

El pasado 9 de enero se fue Charles Simic, gran poeta contemporáneo. Nació en Belgrado en 1938. Vivió sus primeros años bajo las bombas y entre cadáveres y escombros. Siendo adolescente se desplazó junto con su familia a los Estados Unidos, “Hitler fue nuestro agente de viajes”, solía decir. Mereció el premio Pulitzer en 1990 por su libro The world doesn’t end.  Amó la comida: “¿Quieres ser feliz?, ¡aprende a cocinar!”—y sostenía que la glotonería era la mejor prueba de la existencia del alma. Rafael Vargas lo tradujo admirablemente en la antología El sueño del alquimista, publicado por la UNAM. Jordi Doce fue otro de sus mejores traductores. Ambos palparon la vena de Simic, poeta de una imaginación clarividente ("la imagen sabe más"), de una afilada precisión expresiva y una socarrona filantropía ("la poesía sirve para mostrar a la gente su propia humanidad"); con su vasta obra generó una impagable deuda de felicidad en sus lectores y de pasada dio nuevo aliento a la poesía contemporánea. Inútilmente he tratado de imitarlo. 

Van tres versiones:


Carbón

Ángel desmembrado,

en tu corazón aún arde la tierra

y la luna todavía no se le ha desprendido,

he aquí el mensaje

que tu larga noche anuncia:

 

todo lo que mi ojo abarca en este instante,

este fuego, la mano ahuecada,

esta ventana, los árboles y más allá

tantas millas de nieve,

incluso este pensamiento, este poema,

todo será comprimido

en un grumo de tu sueño

hasta algún otro despertar.

 

 

 

Sandías

 

Budas verdes

en el puesto de frutas.

Comemos la sonrisa,

escupimos los dientes.

 

 

 La explicación parcial

 

Parece que ha pasado mucho tiempo

desde que el mesero me tomó la orden.

La nieve cae afuera

de la pequeña y mugrienta lonchería.

 

Parece que ha oscurecido

desde que oí por última vez la puerta de la cocina

a mis espaldas,

desde la última vez que noté

que alguien pasaba por la calle.

 

En la mesa que yo mismo

escogí al entrar,

un vaso de agua helada

me hace compañía

 

y el anhelo,

el increíble anhelo

de alcanzar a escuchar

la plática

de los cocineros.

 

 

—Versiones de J.A.

No hay comentarios: