a la memoria de Jacques Derrida
Sergio Aguillón o la literatura como posdata
Sabemos que la policía siempre llega tarde. La literatura es
un evento que siempre viene después. Pero al contrario de la policía, la
literatura siempre llega tarde, cuando todo está comenzando a suceder. Hay una
impuntualidad congénita en la literatura: una «impuntualidad literaria» que
sería una virtud ahí donde en la policía es una franca incompetencia. El
crimen: la nota negra, siempre ocurrió antes, la literatura siempre se realiza
después. Siempre se está escribiendo después, ante nuestros ojos que aún no han
leído. Lo mejor de La Odisea, lo mejor de El rey Lear, lo mejor de Moby Dick o
del Ulises es que aún no han quedado escritos, esto permite al resto de los
escritores la ilusión de volver a comenzar con la literatura. Y al lector
escribir con los ojos o la yema de los dedos. La Ilíada es ese gran libro de la
posdata, «el libro que vendrá», para emplear una expresión de Blanchot. Lo que
vendrá es el presente en el que nunca estamos, salvo cuando nuestros sentidos,
nuestro pobre cerebro se confunde, y da paso a la belleza. –este es el secreto:
nosotros no somos lo pasajero sino lo pasado– estamos ya, de algún modo,
muertos. La literatura no pasa, sin embargo, a ser «lo leído».
Decía el difunto Derrida hace unos cuantos días, poco antes
de morir, «aún no he sido leído». Lo que en el filósofo puede ser una lamentación, es en el
escritor la marca de agua de un triunfo –que esto no sea leído, no sea agotado,
que esto sea una posdata–. Que esto no haya agotado su lectura, que necesite
una relectura, porque aún no fue leído.
*
Quién escribe (paisajista) ha ocasionado en mí esta
divagación sobre la policía y la literatura puesto que en el libro de
Aguillón-Mata se observa con intensidad el drama del tiempo en ese mixto que
reúne escritura y lectura; siempre en busca de una poética del presente desde
el presente literario. Presente confuso o –mejor– difuso que sucede entre
líneas, entre las líneas. Escribir entre líneas, entre la línea de la ficción y
de lo real, entre el presente y la posdata que debe ser toda literatura.
Escribir entre líneas. No para aludir al sentido que sólo u
lector modelo podría desentrañar. Me explico, escribir desde la física de las
líneas, la materialidad de la letra, la materialidad del papel, la materialidad
de la ficción. Imagínese usted el arte de un pintor como Magritte, que dice
«esto no es una pipa». Como René Magritte, o sea al contrario, Aguillón-Mata
dice: esta es una ficción, más aún, la voz narradora de sus cuentos lo
denuncia, y todavía más, se lo revela a sus indefensos personajes.
La voz narradora se convierte así en elemento narrado, opera
entonces un metanarrador, un no-autor, todavía, que surge de la poética de
Aguillón-Mata. Es entonces cuando la voz narradora se revela como sumergida en
el universo de la invención. Las variaciones sobre este tema constituyen, a mi
entender, los más brillantes momentos del volumen que aquí comento.
¿Quién escribe? (i)
¿Quién narra? «¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza? »
¿Cómo escribir ficción en la que el referente queda absolutamente suprimido?
Tenemos el caso de la poesía concreta, Aguillón-Mata tiene el espíritu –la
juventud– suficiente para intentar una narración concreta. La diégesis se
convierte así en un pretexto para un ejercicio de estilo. Para la impunidad del
creador.
Escribir en el tiempo, escribir en la atemporalidad
temporal. El nuevo atletismo también escribe el presente escribiendo el
presente de la escritura, es decir, ensayando la fusión entre lectura y escritura:
leer entre líneas-escribir entre líneas. En ese contratiempo del arte, en su
presente elusivo que reclama levedad, un atletismo de orden cronológico,
proyectado hacia la naturaleza de la posdata. Creo que ese es uno de los
sentidos en los que Ítalo Calvino pide levedad a la literatura del próximo
milenio –a éste, que es siempre el próximo milenio–. En este sentido este es un
libro de ensayos, aproximaciones al presente literario.
El escritor es un atlético psicópata –homo aestheticus,
poetical psyco: actúa bajo una obcecada voluntad de escribir, un imperativo
categórico al que responde desde luego cuando menos un tipo de escritor –cuando
menos el prosista: debes y tienes que escribir.
Pero el escritor debería reunir esa segunda posibilidad. La
escritura de un texto que se convierte en paisaje o en imagen total, como se
sugiere en el relato “Paisajista”, en él la física de la escritura, la prosa,
por la sincronía de un ojo que puede observarla en su conjunto
instantáneamente, deviene fotografía. De esta manera, la metáfora que nos
proporciona Quién escribe (paisajista) está referida también al progressus in
infinito de Borges. La metáfora indica que nuestro propio aleph es un atrama,
el cuento contado por un idiota, del que en instantes de iluminación podemos
percatarnos.
Así, con elegante simetría, se reúnen dos historias en Quién
escribe (paisajista) entre las que podemos encontrar los extremos del universo
inventivo de su autor. En “Paisajista” la escritura de naturaleza diacrónica se
convierte en imagen de naturaleza sincrónica, queda expuesta entonces la
totalidad artística de la literatura, ejemplificada en el relato por la novela
de culto Farabeuf.
En “Metamorfosis del verbo” el extremo contrario es mostrado
con igual pericia. Un casco, como el de Mambrino, permite a su portador
observar la realidad objetiva, sin el equívoco de la percepción humana. Tal
realidad se ofrece entonces a la vista no como absolutamente subjetiva, sino
como radicalmente ficcional. La vida de un universo entre líneas, producto,
como sospechaba el Quijote, como ingenuamente descarta Descartes, de un genio
maligno. Ya en otros relatos, como en “Fórmulas de cortesía” se da una
brillante vuelta de tuerca a la inquietud meta literaria, cuando el escritor
nos regala la historia de un personaje que existe entre los signos de su
materialidad puramente tipográfica. En “Metamorfosis del verbo” por medio de
una especie de aleph decadente y tecnológico, el protagonista alcanza a
percibir el magro infinito de la realidad de su mundo, la prosa concreta de un
autor que sabe hacer cosas con palabras.
Así concurre una de las preocupaciones artísticas de nuestro
tiempo, de nuestra era neobarroca. La confusión, el crossover entre realidad y
ficción. El paso de la ficción a la realidad que dispara en el mismo acto el
movimiento inverso, ese que constantemente nos lleva a cuestionarnos, así sea
por un instante, sobre el estatuto de realidad de nuestro mundo. Eso que ahora
se lee entre líneas, que Sergio Alejandro Aguillón-Mata pone en juego con notables
resultados.
¿Quién escribe? (ii)
Lo mismo que el pintor, lo mismo que el actor, lo mismo que
el músico. Escribe una persona sin oficio ni beneficio. Creo que yo puedo
afirmar esto debido a que no soy algo parecido a un escritor. Nadie que tenga
la voluntad de escribir, nadie que logre algo en la escritura puede tener un
oficio. El arte no consiste ni en el ejercicio de un oficio ni en la obtención
de un beneficio. Hay un éxito extraliterario que consiste en el reconocimiento
de nuestros congéneres, hay un éxito intraliterario que siempre consistirá en
un fracaso, en una imposibilidad llevada a su extremo creativo, y ese es el
feliz intento de Aguillón-Mata. Porque no saber escribir, porque no saber leer,
es el principio –y el fin– de la literatura. Entregar todos mis recursos a una
actividad de la que nada aprendo, a una actividad donde se tiene que inventar
de nuevo las reglas de un oficio sin reglas, reglas precarias, siempre
desechables. Reglas y beneficios imaginarios de un individuo –o individua, como
dicen los funcionarios– que no hace sino (des)aprender a escribir: imperativo
categórico de la escritura.
El escritor no llega a ser escritor, su mérito consiste en
estar de camino a la escritura, de camino a la lectura, siempre desposeído por
un futuro lector. Por eso repite la voz narradora de “El lector que escribe”:
I’m not
here, It isn’t happening
I’m not here: escucha y escribe Aguillón-Mata, o esa voz que
ahora, después, lo ha engullido «al momento en que escribo estas letras
absoluta e irremediablemente mías (por hoy) y al momento en que son leídas por
el desconocido remoto o alguien más que se apropie de éstas (absoluta e
irremediablemente), otras promiscuas y volubles» (“El lector que escribe”, p.
41). Líneas «tan torpes como geniales, tan fantasiosas como realistas, tan
ingenuas como ocultas, según se entiende por su absurdo y arte, por su
presencia en todo texto y, a la vez, por su lejanía de todo texto, remotas,
casuales; estas líneas que evocan una idea pensada, leída, intuida o escrita por
todo lector que escribe (todo lector escribe, absoluta e irremediablemente)»
(Ídem). El escritor no se queda sino en el pasado, puesto que es saqueado por
su escritura, a la que, como dice el escritor Leandro Palencia «malbarata su
vida». El escritor no está en sí –como nadie, ni siquiera el lector, está en
sí–. Ni en sí ni aquí. Necesita –está destinado a– fundirse en ese antioficio
de la escritura, ese pez soluble que es el autor. I’m not here, It isn’t
happening. No estoy aquí pero esto sí está pasando. Nuestra vida real es sólo
una sombra de lo que pasa en la literatura. Pero, esto no está pasando, en eso
consiste malbaratar la vida a/en la literatura. Alejarme del mundo –dice
Marguerite Duras– pidiendo al mundo que no se aleje de mí. Y el mundo, desde luego,
se muestra indiferente. Pero de eso se trata, precisamente, entregarse a la
escritura. Creo que Sergio lo ha hecho. Creo que no estoy aquí, que esto no
está sucediendo. Que la policía no ha llegado, que no llegará a tiempo.
Quien escribe (paisajista), de Sergio Aguillón-Mata
Javier Acosta, octubre de 2004
