lunes, 28 de marzo de 2016

De cuerpo presente



Comentario a De cuerpo presente, poemario de Raúl García




a)

Vean lo que dice Emil Cioran:

Si el universo desapareciese, nada se perdería, puesto que, en suma, el lenguaje lo reemplazaría. Si una palabra, una simple palabra sobreviviese a un cataclismo general, ella desafiaría la nada. Eso nos parece la conclusión que el poema implica y exige.

Hay pocos pensadores tan persuasivos como Cioran, maestro del pesimismo. Es persuasivo, pero también es un intérprete de la persuasión. Los griegos le llamaban peithó a la persuasión que produce el arte. En este caso, el poema. Aunque también Cioran defiende un efecto parecido para la música; por ejemplo la de Bach, que desafía nuestra convicción de la  inexistencia de Dios. No es que Dios surja de la música, como una bacteria en un caldo de cultivo. No es que el poema pueda sobrevivir a un cataclismo general. Sino que esa es la conclusión a que nos orilla la experiencia del poema. Nos sentimos persuadidos a decir que bien podríamos habitar un universo hecho nada más palabras, aunque todo lo demás faltara, ¿aún el cuerpo?

b)
Leo nuevamente el libro de Raúl García, este De cuerpo presente. Lo había leído ya para escribir la contraportada. El título es irónico. La expresión se aplica a la misa de difuntos. Cuando se celebra en presencia del cadáver. Aunque el difunto no puede estar ya nada más en sus restos mortales, inconmovible al llanto, a las oraciones, a la desesperanza de que reviva, el difunto se adentra en la nada. En esa nada que el poema, según Cioran, habrá de abolir. Como si el poema fuera el resto ya no mortal, sino viviente de todos los difuntos, y aún de todo lo existente. El poemario de Raúl invierte levemente el sentido de este cuerpo presente y nos hace percatarnos que en cierto modo somos predifuntos, y aún fantasmas de carne y hueso —vertebrados fantasmas—: conectándose así el discurso poético con una distinguida parentela de poetas —pienso de botepronto en las diversas sucesiones de difunto de Quevedo; o en el piensa que de algún modo ya estás muerto, de Borges—. En el primer poema, dedicado al abuelo del poeta, se invierte y amplia el sentido de esta mi primera intuición de lector: «Mi nariz ancha/ la propensión a la calvicie/ el infortunio de llegar y nacer// Todo te retribuiré / cuando la rama de mi nombre / esté cerca del pasto, y la tuya sea / cuna elevada de pichones hambrientos». El árbol genealógico, esa entidad intangible, virtual y omnipotente, se manifiesta en cada uno de nosotros, pues somos de la misma materia y corre por nosotros la misma savia. Aún más, nuestra nariz es un residuo, una reliquia o una joya de la familia, aunque sea una joya ancha o ganchuda o de chile bola. Como si nuestro cuerpo fuera el museo y en —cierto modo— el mausoleo de nuestros antepasados, que anidan en nosotros; así como anidarán alguna vez en nuestro cuerpo los gusanos.

b)
De cuerpo presente pertenece a la ralea de la escritura híbrida, es decir, el poemario convive la prosa y el poema, con-fundiéndose. La clave no está en la prosodia, aunque en ella asoma la cabeza. Más bien tiene que ver con la hibridación de los modos del discurso: entre el discurso analógico (que compara y extrapola, es decir, desvía del recto sentido) y el dialéctico (que enfrenta y supera, es decir, endereza el sentido). Esta operación constituye una de las singularidades de la hechura del libro, y de ella se desprenden sus riesgos y sus riquezas. La voluntad de hibridación se manifiesta de diversos modos, entre otros, uno por el que especialmente me siento atraído, se trata de la construcción oriental llamada haibun, que emparenta también a Raúl con la estética oriental, sin la necesidad de caer en el orientalismo (como ciertos decadentes autores, incluido el que esto escribe). Así como está Basho presente en los siete haibun, si le tomáramos una radiografía al libro podríamos ver la calcinada osamenta de López Velarde, o el DNA lexical de Borges y otras presencias (por ejemplo Machado y Lope de Vega) que aparecen en la fisonomía del libro. El poemario es así también un árbol genealógico; hospitalarios con sus antecesores antecesores, problematizando su presencia, es decir, reinventándola.  Sigue y consigue el propósito de inventar a sus precursores, para emplear otra vez una expresión célebre y luminosa.


c) Poética forense

La poética que Raúl García pone a prueba en este su primer libro, nos da muestra de una variedad de recursos infrecuente. También podemos decir que es corporal y descarnada. Corporal en el tema, descarnada en el tratamiento. Descarnada, como si tuviéramos en este poemario la oportunidad de ir a consulta con nuestro médico forense. El resultado es entonces la experiencia de un lírico sarcasmo. Es decir, de un verso que con tenaz circunspección nos despelleja, nos deja como en el humor cruel, o como las caídas de la bicicleta, en carne viva. Ya está entonces, facilitado el (mi) vicio clasificatorio: poética de la desolladura, decantación mestiza.   
Una última observación sobre la vocación forense del poema, para entenderlo en concordancia con Emil Cioran y con Raúl García: alimento la reciente convicción de que la poesía toma sus materiales verbales —su pasión y su forma, su pathos y su eidos—, de nuestra vida póstuma. Es decir, que surge de la posibilidad de expresar, fatal y triunfalmente, aquello que podríamos decir si ya después de muertos, pudiéramos volver a experimentar y a decir lo que ahora nítidamente vivimos y vágamente articulamos. El poeta no escribe para la posteridad en el sentido de la fama, ni para la crítica de los próximos 200 años, como porfiaba Joyce. El poeta escribe, sin saberlo, para que su pasión siga latiendo en el estetoscopio del forense, insubordinado inútilmente a la nada; de ahí la conclusión que en el lector el poema implica y exige.


Raúl García, De cuerpo presente. Zacatecas: Policromía, 2015.




Javier Acosta, Domingo de Resurrección de 2016.