Se puede entresacar del doble
título de este libro doble la palabra amor
y luego la palabra abismo, decir: amor a los abismos. Ya adentrados por los pliegues del libro, podemos
encontrar la palabra que sirve para anidar al pájaro, la palabra que sirve para
quejarse del peligroso sin dolor. Y las más importantes, las palabras que
sirven para decir lo que no se ha de decir, sino aludir en el poema —estas que ya
no son sólo palabras, sino versos: contrapunto del saber decir y del saber
guardar silencio.
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Rita Vega y Juanita Conejero articulan los pliegues de este libro infrecuente, contrapuntístico. Ofrecen esta melodía doble, jánica. Caras de una moneda que gira en el aire y que caerá de los dos lados. Laderas de una montaña, cada una con su luz, con sus corrientes de aire y sus desfiladeros. Un libro así como el dios Jano, hecho de dos vertientes y de dos miradas, también de una voz dual.
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Al entrelazamiento de más de una
melodía, se conoce como contrapunto —nota
contra nota—; para la música, como
para el poema, la contrariedad no implica adversidad, sino diversidad armoniosa:
polifonía —aspecto que comparte la música de la canción y del poema.
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En su escritura, Rita Vega
celebra. En el doble sentido: festeja y lleva a cabo. Festeja la articulación
de la alegría con el dolor y del dolor con la belleza. Lleva a cabo, es decir, conduce a su límite, la unción de las
adversidades de la vida: “la ausencia de dolor es una forma de la muerte”.
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Unir lo contrariado. No para
disiparlo, sino para celebrarlo: llevarlo a su extremo, afirmarlo jovialmente.
Esa, la jovialidad, es el signo de la poesía de Rita Vega. En sus propias
palabras: “Su experiencia, su límite / suele dejar secuelas: / una obra de arte o un
tiro en la frente.” Riesgo y poema, enfermedad y salud, dejan secuelas. De ahí
lo memorable del poema, de ahí el daño irreparable que sufrirá lo enemistado
con la vida.
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Anticipaba el aire, el pájaro y el precipicio, para llegar al
contrapunto de Juanita Conejero. Signo de la metamorfosis y de la libertad, el
pájaro y su ámbito es invocado por la poeta “Hoy me siento gaviota y no temo/ a
los hondos precipicios / que me amenazan”.
Aves que se elevan, pero también que se zambullen. Bandada acuática, poema
múltiple, proteico.
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Proteico es el mejor adjetivo que encuentro para el
decir de Conejero; por ello es que aproxima y unce las aguas con los aires. Por
eso el pájaro se vuelve flora submarina: “A veces soy como un alga marina / a
la orilla del mar.” Por eso el alga se refleja en los ojos de un faisán y el
faisán se vuelve ciudadano del océano. Del huevo al capullo, del pájaro a la
mariposa. El rumbo de Conejero es la resurrección, la victoria invencible de lo
vivo en su “eterna plenitud”. Ahí lo diminuto se acrecienta, la esclava se
vuelve soberana: “Todo es mío y nada tengo/ nada es mío y todo me pertenece”.
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Si el poema de Vega es terrestre e inflamable, el de Conejero es aéreo y
marítimo. Comparten el ardor, brindan con el oceánico vino del poema. Podría
saludar Juanita Conejero a Rita Vega:
“Pareces de otra era de una llama sostenida / creada por el viento”. Podría sonreír, con su sonrisa inteligente
Rita Vega y celebrar el contrapunto de este libro: “el estar juntos / nos
devuelve una marea exacta de minutos y / la confidencia leve de los siglos”.
Podríamos saludarlas doblemente, atender a este contrapunto espléndido de la
palabra y el silencio, a este llamado doble del poema.
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Si un prólogo es una invitación a la lectura, al prologuista corresponde
dar la bienvenida a los recién llegados, decir el por aquí, qué bueno que llegaron, preparen los oídos, ambos, y las
ambas también copas de vino. Dejen sonar la confidencia y el oleaje, dejen que
los oriente el llamado del aire, el amor al abismo.
(Prologo al poemario de Rita Vega Baeza y Juanita Conejero, El vigor de los abismos/ Todo el amor. Zacatecas: Texere, 2018. )




