domingo, 3 de octubre de 2021

Prólogo a El vigor de los abismos / Todo el amor

 





Se puede entresacar del doble título de este libro doble la palabra amor y luego la palabra abismo, decir: amor a los abismos.  Ya adentrados por los pliegues del libro, podemos encontrar la palabra que sirve para anidar al pájaro, la palabra que sirve para quejarse del peligroso sin dolor. Y las más importantes, las palabras que sirven para decir lo que no se ha de decir, sino aludir en el poema —estas que ya no son sólo palabras, sino versos: contrapunto del saber decir y del saber guardar silencio.


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Rita Vega y Juanita Conejero articulan los pliegues de este libro infrecuente, contrapuntístico. Ofrecen esta melodía doble, jánica. Caras de una moneda que gira en el aire y que caerá de los dos lados. Laderas de una montaña, cada una con su luz, con sus corrientes de aire y sus desfiladeros. Un libro así como el dios Jano, hecho de dos vertientes y de dos miradas, también de una voz dual.

 

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Al entrelazamiento de más de una melodía, se conoce como contrapunto —nota contra nota—; para la música, como para el poema, la contrariedad no implica adversidad, sino diversidad armoniosa: polifonía —aspecto que comparte la música de la canción y del poema.     

 

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En su escritura, Rita Vega celebra. En el doble sentido: festeja y lleva a cabo. Festeja la articulación de la alegría con el dolor y del dolor con la belleza. Lleva a cabo, es decir, conduce a su límite, la unción de las adversidades de la vida: “la ausencia de dolor es una forma de la muerte”.

 

 

 

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Unir lo contrariado. No para disiparlo, sino para celebrarlo: llevarlo a su extremo, afirmarlo jovialmente. Esa, la jovialidad, es el signo de la poesía de Rita Vega. En sus propias palabras: “Su  experiencia, su límite /  suele dejar secuelas: / una obra de arte o un tiro en la frente.” Riesgo y poema, enfermedad y salud, dejan secuelas. De ahí lo memorable del poema, de ahí el daño irreparable que sufrirá lo enemistado con la vida.

 

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Anticipaba el aire, el pájaro y el precipicio, para llegar al contrapunto de Juanita Conejero. Signo de la metamorfosis y de la libertad, el pájaro y su ámbito es invocado por la poeta “Hoy me siento gaviota y no temo/ a los hondos precipicios / que me amenazan”.  Aves que se elevan, pero también que se zambullen. Bandada acuática, poema múltiple, proteico.

 

 

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Proteico es el mejor adjetivo que encuentro para el decir de Conejero; por ello es que aproxima y unce las aguas con los aires. Por eso el pájaro se vuelve flora submarina: “A veces soy como un alga marina / a la orilla del mar.” Por eso el alga se refleja en los ojos de un faisán y el faisán se vuelve ciudadano del océano. Del huevo al capullo, del pájaro a la mariposa. El rumbo de Conejero es la resurrección, la victoria invencible de lo vivo en su “eterna plenitud”. Ahí lo diminuto se acrecienta, la esclava se vuelve soberana: “Todo es mío y nada tengo/ nada es mío y todo me pertenece”.

 


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Si el poema de Vega es terrestre e inflamable, el de Conejero es aéreo y marítimo. Comparten el ardor, brindan con el oceánico vino del poema. Podría saludar Juanita Conejero a Rita Vega:  “Pareces de otra era de una llama sostenida / creada por el viento”.  Podría sonreír, con su sonrisa inteligente Rita Vega y celebrar el contrapunto de este libro: “el estar juntos / nos devuelve una marea exacta de minutos y / la confidencia leve de los siglos”. Podríamos saludarlas doblemente, atender a este contrapunto espléndido de la palabra y el silencio, a este llamado doble del poema.

 

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Si un prólogo es una invitación a la lectura, al prologuista corresponde dar la bienvenida a los recién llegados, decir el por aquí, qué bueno que llegaron, preparen los oídos, ambos, y las ambas también copas de vino. Dejen sonar la confidencia y el oleaje, dejen que los oriente el llamado del aire, el amor al abismo.  


(Prologo al poemario de Rita Vega Baeza y Juanita Conejero, El vigor de los abismos/ Todo el amor. Zacatecas: Texere, 2018. )

viernes, 3 de septiembre de 2021

 

Pelos de la nariz llenos de polvo

 

 

Comentario a Y el verbo se hizo polvo, de David Castañeda IZC/ Policromía, 75 pp.

 

 

Se suele esperar un buen tiempo para leer lo que uno quiere. Para que se tarde menos en llegar, a veces hay que escribirlo; pero con un poco de suerte, nos encontramos con personas inquietas que se nos adelantan.  Hablo por mí. No sé cuántos años esperé para poder leer un poema en el que aparecieran los pelos de la nariz. Y llegó a mí en  Y el verbo se hizo polvo, de David Castañeda. En el poema «Remolinos» aparece: «El polvo se pega a los ojos, / al cabello/  y a los pelos de la nariz // Aquí no hay nada / solo una bola de chamacos / persiguiendo remolinos / en el llano. // Su pelo, su nariz y sus ojos / también van pegados al polvo. // Con las manos levantadas/ corren hacia la nada que los trajo, / al viento que los lleva. » 

 

Los ahora poéticos pelos de la nariz. El polvo pegajoso, el remolino.  La nadería, el viento. El calor.  Su estampa, su estampilla pegajosa, como los timbres postales, esos que nos dejan la lengua resentida y espesa. Lleno de elementos terrestres, corporales, de las calamidades de existir, está poblado el libro de Castañeda, cuyo título toma el bíblico y el verbo se hizo carne, para mostrar de manera fatalista el sino humano. 

 

Para nosotros, entendidos en el asunto de la sequía, el libro no es un remanso ni una evasión literaria. La sequía es aquí una metáfora del estado de necesidad, de un atolladero, de la condición humana. Lo hace con una clarividencia descarnada, poniendo en paralelo el tono bíblico y su encarnación en el terregal al que estamos confinados, luego de haber cometido el involuntario pecado de haber nacido. 

 

Emparentado con la tradición rulfiana del habla rural, o más bien telúrica, Castañeda se ha propuesto y ha logrado erigir un microcosmos, un desolado mundo (o mundillo) al tiempo sencillo y terrible, infantil y antediluviano, grave y sarcástico. Se trata en mi opinión de un notable logro literario, encomiable por dos razones: la primera porque logra unir el modo del discurso con el espinoso escrutinio de lo humano. Si es que aún podemos entender lo humano en su desnudez, en su pobreza bíblica, en su desesperanza.  La segunda porque se trata de su primer libro, en el que su discurso muestra una cohesión infrecuente ente elementos antagónicos, articulando un tono al mismo tiempo grave y socarrón; breve y rotundo.

 

Otra de las virtudes de la escritura de Castañeda en este libro es, como ya dije, la recuperación del habla y de la cadencia entrecortada y seca del semidesierto. Es remarcable además que a contrapelo de los usos recientes, no renuncia a las marcar de origen, sino que las acentúa, incorporando su espesor semántico al poema. El efecto se disemina en la lectura, de manera que nos deja ver que por debajo o por encima de nuestro timeline, la fábula (o parábola) de Y el verbo  permanece el illo tempore de la condición humana, el tiempo de la sequía, o del estiaje, sucede y sigue sucediendo. A pesar, insisto, de todo aquello que minuciosamente soslayamos en este hiperespacio al que hemos trasladado nuestras existencias.

 

Lo escatológico es el conjunto de creencias sobre el destino y sobre lo que hay después de esta vida, también indica el uso de voces relativas a lo excrementicio, David Castañeda logra edificar una escatología genuinamente literaria, poniendo a Dios al servicio de la literatura y no al revés, poniendo lo excrementicio al servicio de la literatura y no al revés. No al revés, al contrario de aquella tentación en la que constantemente recaemos.

 

Javier Acosta.- 1º de junio de 2016.

 



jueves, 2 de septiembre de 2021

 Aquí se puede encontrar una semblanza e información sobre Javier Acosta






Una caída a plomo desde el muro

 


 

Una caída a plomo desde el muro

 

 

Comentario a Pabellón Alesi, de Santiago Matías,

premio de poesía “Laura Méndez de Cuenca”.

Gobierno del Estado de México, 2020; 92 pp.

 

 

La estructura de todo libro es una cruz de altura y horizonte. Al pasar de una página a otra se construye el plano horizontal. Al contrario, la lectura de cada página implica internarse por el eje vertical. Cuando es determinada por el verso, la horizontal es cortada a plomo; nos hace descender como una piedra en un pozo —o como un cuerpo desde altas paredes. Cuando se trata del movimiento del poema, de la conciencia y del espíritu, dicha caída merece el nombre de Catábasis —descenso a lo profundo. Sin embargo, en el poema, caer es profundizar. Esa es la implicación del «instante poético» de Bachelard, eso que llama «metafísica concreta»: una súbita toma de conciencia, un caer en cuenta —repentino, erizante— que llamamos poesía.

Al leer —y releer— Pabellón Alesi me venía a la mente esta simbólica de la catábasis, descensus ad inferos que a veces hace posible la escritura. Caída súbita, peregrinaje en vertical desde lo alto de un muro, quizá de piedra, quizá hecho de palabras. Por ello arquitectura, por ello altura y precipicio.

 

 

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El libro de Santiago Matías se compone de cinco secciones, antecedidas por un “Atrio”, sugiriendo la entrada a un espacio arquitectónico; como si la naturaleza diacrónica del libro fuera modificada por las determinaciones del espacio y su régimen sincrónico. Como el atrio de una casa, de un hospital o de un templo, se está ahí en una especie de intimidad a la intemperie que anega el interior del libro. En este patio de entrada se encuentra otro elemento arquitectónico, el Muro Torto, alta y sombría tapia romana. Arriba del muro —y ya cayendo— está Eros Alesi, poeta maldito, fugitivo y fugaz, adicto a las drogas, entregado a los brazos de su Mamá Morfina. Alesi, nos dice el autor, murió a los diecinueve años al arrojarse desde el Muro Torto, destino final para proscritos, prostitutas y suicidas. Eros Alesi se arrojó desde lo alto del Muro a los diecinueve años para encontrar así, en el acto, destino para su sepulcro; como quien se precipita de cabeza hacia su propia tumba. El suceso de la caída de Alesi se despliega en el resto del libro, como si fuera ese instante, esa verticalidad de plomo, el eje fatal y rector de la vida del poeta y de su Pabellón. Así, Santiago Matías une desde el inicio el fondo con la forma.

 

 

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Imagen de la caída, desplome de una existencia. Vertical descendente: sincronía y desplome. Según el epígrafe de la primera sección —“Fábula rasa”—, tomado de unos versos de Alesi: “(Quién sabe! Después de tanta sangre coagulada / habré de caer en la máquina destructo-creativa del universo)”.

En el arte la forma engendra el contenido —algo así afirma Paz en su lúcida aproximación a Duchamp. Creo que el movimiento también puede venir desde el otro extremo. Quizá nacen los dos al mismo tiempo, uno cae en el otro, sin que podamos determinar qué es yace en lo más alto, que es el depósito que aguarda en lo más bajo. Como pregunta la voz que interpela a Alesi en “Muro Torto”: “tú que en todas las nubes / y yo que en solo los reflejos/ tú que entraste volando / Alesi / Eros / dinos / dinos que pasa allá arriba.”

No sabremos que contestará el poeta suicida, pero el poema dice que sólo allá arriba se encuentra la requerida vertical para toda caída necesaria.    

 

 

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Pleno en sus intertextos, el libro de Matías va sobreponiendo a Alesi otros perfiles, como el de Giorgio de Chirico, el de Cesare Pavese y el de José Carlos Becerra, que encuentran también, cada quien a su modo, fatalidad vertical en el espacio italiano —De Chirico en Roma, Pavese en Turín, Becerra en Brindisi. También se van sobreponiendo múltiples ecos de manera espacial, arquitectónica, la cámara de la mente, por ejemplo, en el “Diagnóstico de la hormiga”, en que se alude al otro edificio, el psiquiátrico, en que fue internado a la fuerza Alesi: “No distingo si esto es un recuerdo/ o un síntoma / ¿cómo llegué aquí?/ ¿qué es esta insuficiencia, esta coloración baldía?// Dan ganas de enfilar el salto/ de abolir el lenguaje con las células de otro nuevo / ser”. Aquí, como en otros poemas, se realiza la sincronía que señala Bachelard: ya desde el hospital, Alesi está en lo alto del muro, ya en lo alto del muro está cayendo.

          El autor se mueve en un complejo entramo intertextual, resolviéndolo con claridad en la idea y precisión en el aliento. Como si fuera él mismo uno de los pájaros de vidrio que atraviesan las varias habitaciones de su pabellón.

 

Un pájaro de vidrio

un frasco de clonazepam

una vieja cuchara de zinc

una geoda

 

Entre todas ellas

las virutas

los restos de mi nombre (…)

 

 

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Si hay una caída, hay también un movimiento ascendente, una Anábasis. La elevación en Pabellón Alesi está simbolizada por los garfios —las mismas palabras-garfio de José Carlos Becerra. Los afilados ganchos de la forma con que el autor erige el libro. Así los soliloquios, el fragmentado (y farmacológico) discurso mental, las estampas de viaje, son distintos recursos que conducen a la misma perspectiva descendete, como si fuera todo el libro una especie de caleidoscopio abisal.

¿Qué hay en la altura? ¿Qué hay en la caída? Restos del nombre. Nada sino los nombres nos llevan tan arriba, nos empujan y nos hacen caer. Los restos del poema son nombres ya desechos, caídos uno a uno en el vacío. Al pie del alto Muro Torto no queda ningún cuerpo, solo pedacería. Palabras estrelladas contra el fondo sin fondo de la página. Pabellón Alesi de Santiago Matías realiza con sobriedad y tensión esta catábasis del verso en que se puede realizar la altura del poema.    

 

 

—Javier Acosta.

Abril de 2020.

(Publicado en Luvina en 2021)