Pelos de la nariz llenos de polvo
Comentario a Y el verbo
se hizo polvo, de David Castañeda IZC/ Policromía, 75 pp.
Se suele esperar un buen tiempo para leer lo que uno quiere.
Para que se tarde menos en llegar, a veces hay que escribirlo; pero con un poco
de suerte, nos encontramos con personas inquietas que se nos adelantan. Hablo por mí. No sé cuántos años esperé para poder leer un poema en el
que aparecieran los pelos de la nariz. Y llegó a mí en Y el
verbo se hizo polvo, de David Castañeda. En el poema «Remolinos» aparece: «El
polvo se pega a los ojos, / al cabello/
y a los pelos de la nariz // Aquí no hay nada / solo una bola de
chamacos / persiguiendo remolinos / en el llano. // Su pelo, su nariz y sus
ojos / también van pegados al polvo. // Con las manos levantadas/ corren hacia
la nada que los trajo, / al viento que los lleva. »
Los ahora poéticos pelos de la nariz. El polvo pegajoso, el
remolino. La nadería, el viento. El
calor. Su estampa, su estampilla
pegajosa, como los timbres postales, esos que nos dejan la lengua resentida y
espesa. Lleno de elementos terrestres, corporales, de las calamidades de
existir, está poblado el libro de Castañeda, cuyo título toma el bíblico y el verbo se hizo carne, para mostrar
de manera fatalista el sino humano.
Para nosotros, entendidos en el asunto de la sequía, el libro
no es un remanso ni una evasión literaria. La sequía es aquí una metáfora del
estado de necesidad, de un atolladero, de la condición humana. Lo hace con una
clarividencia descarnada, poniendo en paralelo el tono bíblico y su encarnación
en el terregal al que estamos confinados, luego de haber cometido el involuntario
pecado de haber nacido.
Emparentado con la tradición rulfiana del habla rural, o más
bien telúrica, Castañeda se ha
propuesto y ha logrado erigir un microcosmos, un desolado mundo (o mundillo) al tiempo sencillo y terrible,
infantil y antediluviano, grave y sarcástico. Se trata en mi opinión de un
notable logro literario, encomiable por dos razones: la primera porque logra
unir el modo del discurso con el espinoso escrutinio de lo humano. Si es que aún podemos entender lo humano en su desnudez,
en su pobreza bíblica, en su desesperanza. La segunda porque se trata de su primer libro,
en el que su discurso muestra una cohesión infrecuente ente elementos
antagónicos, articulando un tono al mismo tiempo grave y socarrón; breve y
rotundo.
Otra de las virtudes de la escritura de Castañeda en este
libro es, como ya dije, la recuperación del habla y de la cadencia entrecortada
y seca del semidesierto. Es remarcable además que a contrapelo de los usos
recientes, no renuncia a las marcar de origen, sino que las acentúa,
incorporando su espesor semántico al poema. El efecto se disemina en la
lectura, de manera que nos deja ver que por debajo o por encima de nuestro timeline, la fábula (o parábola) de Y el verbo… permanece el illo tempore de la condición humana, el tiempo de la sequía, o del
estiaje, sucede y sigue sucediendo. A pesar, insisto, de todo aquello que minuciosamente
soslayamos en este hiperespacio al que hemos trasladado nuestras existencias.
Lo escatológico es el conjunto de creencias sobre el destino
y sobre lo que hay después de esta vida, también indica el uso de voces
relativas a lo excrementicio, David Castañeda logra edificar una escatología
genuinamente literaria, poniendo a Dios al servicio de la literatura y no al
revés, poniendo lo excrementicio al servicio de la literatura y no al revés. No
al revés, al contrario de aquella tentación en la que constantemente recaemos.
Javier Acosta.- 1º de junio de 2016.



