El pasado 9 de enero se fue Charles Simic, gran poeta contemporáneo. Nació en Belgrado en 1938. Vivió sus primeros años bajo las bombas y entre cadáveres y escombros. Siendo adolescente se desplazó junto con su familia a los Estados Unidos, “Hitler fue nuestro agente de viajes”, solía decir. Mereció el premio Pulitzer en 1990 por su libro The world doesn’t end. Amó la comida: “¿Quieres ser feliz?, ¡aprende a cocinar!”—y sostenía que la glotonería era la mejor prueba de la existencia del alma. Rafael Vargas lo tradujo admirablemente en la antología El sueño del alquimista, publicado por la UNAM. Jordi Doce fue otro de sus mejores traductores. Ambos palparon la vena de Simic, poeta de una imaginación clarividente ("la imagen sabe más"), de una afilada precisión expresiva y una socarrona filantropía ("la poesía sirve para mostrar a la gente su propia humanidad"); con su vasta obra generó una impagable deuda de felicidad en sus lectores —y de pasada dio nuevo aliento a la poesía contemporánea. Inútilmente he tratado de imitarlo.
Carbón
Ángel desmembrado,
en tu corazón aún arde la tierra
y la luna todavía no se le ha desprendido,
he aquí el mensaje
que tu larga noche anuncia:
todo lo que mi ojo abarca en este
instante,
este fuego, la mano ahuecada,
esta ventana, los árboles y más allá
tantas millas de nieve,
incluso este pensamiento, este poema,
todo será comprimido
en un grumo de tu sueño
hasta algún otro despertar.
Sandías
Budas verdes
en el puesto de frutas.
Comemos la sonrisa,
escupimos los dientes.
Parece que ha pasado mucho tiempo
desde que el mesero me tomó la orden.
La nieve cae afuera
de la pequeña y mugrienta lonchería.
Parece que ha oscurecido
desde que oí por última vez la puerta de
la cocina
a mis espaldas,
desde la última vez que noté
que alguien pasaba por la calle.
En la mesa que yo mismo
escogí al entrar,
un vaso de agua helada
me hace compañía
y el anhelo,
el increíble anhelo
de alcanzar a escuchar
la plática
de los cocineros.
—Versiones
de J.A.

