La trayectoria de Sigifredo Esquivel Marín va contra la trayectoria, lo entiendo. No se dirige a una meta preestablecida, no es un plan. Es un intento, una apuesta, una cartografía —tal vez objetaría el mismo Esquivel. Pero digamos entonces que dicho trayecto es y no es en la misma dirección, en ese insistente divergir de la recta. Lo que se pueden plantear bajo una misma matriz que él explicita: ensayar, desastrar, crear.
Ensayar: acometer sin reservas, es decir, sin terreno ganado, comenzando siempre desde cero: el ensayo no acumula conocimientos, huye de las conclusiones y se detiene acaso sólo para eliminar los asideros “ganados”. Desastrar: abordar los objetos de estudio no para erigir postulados, sino para aprovechar las líneas de fuga, aquello que lleva a un sistema (del pensamiento, claro) a sus afueras: desatar las complicidades del concepto, las estabilidades de artificio. Crear: no instituir, sino producir, un desastre creativo, pensamientos heterónomos, fuera de la regla.
La trayectoria de Esquivel Marín se puede observar así como un repetido ensayo, una exploración por las coyunturas del pensamiento, por sus dislocaciones. Así es en su libro anterior Pensar desde el cuerpo (Premio Nacional de Ensayo Abigaíl Bohorquez 2005) donde aborda la posibilidad de introducir atractores extraños en el pensamiento, que permitieran explorar la irresoluble y turbia conjunción disyuntiva del cuerpo/mente; dirigiéndose hacia la filosofía poetizante de Spinoza y Nietzsche y desde la poesía antimetafísica de Pessoa. Creo sin embargo que bajo el desde del título se expresa un hacia. Un ensayar y no un terreno ganado, un desde conquistado —por fortuna. Me lo dice la lectura, más allá del título.
En Imágenes de la imaginación, aparece modulada nuevamente la conjunción disyuntiva: ahora por la imaginación. Explorando derivas de la imaginación y el entendimiento y el peliagudo tema de sus relaciones con lo real, Esquivel Marín nos introduce en la no separación entre imaginación e inteligencia. En Imágenes de la imaginación aparece esta cuestión que para mí es la más importante, la más audaz y productiva, la idea de que la imaginación es ya pensamiento (acaso el “transconsciente” que buscaba Mircea Eliade); la hipótesis de que la creación artística es ya sabiduría sin concepto. Aunque la imaginación no opere de acuerdo con el principio de la estabilidad, sino de acuerdo con el desequilibrio y la mudanza, con el constante devenir otro.
Pensar desde (o insisto, en un hacia, que se desprende de sí mismo ) las imágenes, apuesta de Imágenes de la imaginación, implica poner en obra un pensamiento hilarante, excéntrico, dispuesto a desasirse de las seguridades del pensar, como podemos leer en ese texto breve y mayor de Franza Kafka en que el concepto de devenir aparece con toda su potencia, como potencia suficiente para no dominar, para no conducir(se), para dejarse guiar. Se trata de «El Deseo de Ser Piel Roja»:
Si uno pudiera ser piel roja, siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas, porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo era una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo.
La invitación que formula el Esquivel Marín es similar, infiero. No se trataría de conducir el pensamiento intacto hasta las imágenes, no se trata, como quería Freud, de que donde está el ello advenga el yo. La apuesta se supone radical y difícil: conducir el pensamiento hacia la imagen es aquí aproximarlo a su des-fundamento. Como el arte, la imaginación es una “cartografía de la libertad [que] crea su propio orden” (p. 87), su propio orden, acaso desastrado, su danza en medio del caos. De la misma manera Schiller acuñó una de las definiciones más lúcidas del arte, como “aquello que se da a sí mismo su propia regla.” Como ese juego ideal del que nos habla Deleuze en su Lógica del sentido (“no hay reglas existentes, cada tirada inventa sus propias reglas”) o Roberto Juarroz en esa apuesta de la poesía que es “a todos los números”. Ese principio no histórico, no diacrónico. La imaginación no es buena porque nos prepare para pensar, para conocer el mundo, la imaginación es la potencia que nos permite escapar de los estereotipos del mundo, de las formas del pensamiento, del claustro de la identidad.
La imaginación, como la poesía, nunca va por el camino recto, como no lo hace Imágenes de la imaginación. Por fortuna no encontrará el lector un tratado sobre la imaginación, pero sí hacia la imaginación. El autor propone una ruta fractal, con excursos a Blanchot o a Saint-John Perse, con descensos en Bataille o en William Blake. La dinámica es la misma, creo, que con insistencia nos ha querido comunicar en sus libros, en su escritura y alocución, Sigifredo Esquivel: ensayar, desastrar, crear.
La divisa tiene que ver con una apuesta literaria —por fortuna— y no académica. La misma de Pensar desde el cuerpo y la del libro siguiente, que ya tuve oportunidad de ojear, Ensayar, crear, viajar (Ediciones de Medianoche, 2007): el pensamiento que tiene la lucidez necesaria para marchar hacia a la incertidumbre.
Jae
Sigifredo Esquivel Marín, Imágenes de la imaginación, Conaculta /Fundación para las Letras Mexicanas, 2006, 267 pp.
lunes, 30 de abril de 2007
viernes, 24 de noviembre de 2006
Ángeles en la punta de los afileres
Comentario a Los ángeles también van de cacería, de Miguel Ángel Chávez Díaz de León. Puente Libre Editores, Ciudad Juárez, 2006. 58 pp. Leído durante las jornadas “Leo, luego existo”, en septiembre de 2006.
[1. El reclusorio de los ángeles]
Dicen que si toda la humanidad se acomodara de pie en una isla, cada una con un metro cuadrado a su disposición, todos cabrían en una isla de seis millones de kilómetros cuadrados, algo así como la superficie del Amazonas, una selva quizás más frágil, pero también más pavorosa. Ahora imagínate cuanto espacio se necesitaría para acomodar a todas las repúblicas de los ángeles, a todas sus jerarquías sin que tuvieran que ganarse un lugar a codazos. En El cielo sobre Berlín Win Wenders los acomodaba en las cornisas de los edificios, en los postes de luz, en los anuncios espectaculares, como enlutados pajarracos. Antiguamente, los hombres más sabios y más santos del mundo debatían largamente sobre cuántos eran los ángeles que se podrían acomodar en la cabeza de un alfiler. Y Santo Tomás entre ellos logró acomodar a todos los ángeles del mundo en aquella cabeza de alfiler y al alfiler, supongo, lo guardaron bajo llave en un lugar sagrado y están ahí los pobres ángeles en su reclusorio y por eso no andan más por el mundo, que tanto los necesita.
Quizá también por ello escribe Charles Simic que había un tiempo en que los ángeles abundaban en la tierra, tanto como las moscas, y que era necesario agitar los brazos para espantarlos. Pero ahora sabemos a dónde fueron los ángeles, dónde estaban encerrados; ahora sabemos qué cosa podría liberarlos, dejarlos desahogar su furia milenaria. Por eso Ángel Chávez, en Los ángeles también se van de cacería, dice que los ángeles han sido desencadenados, y están por todas partes y ya no caben otra vez sobre el planeta ―este planeta que ahora es tan pequeño como la cabeza de un alfiler.
[2. Versos para apaciguar una jauría]
El poemario está compuesto como un tratado, una angelología en verso. Los veros sostienen que los ángeles vienen de todas partes, de todos los dioses, vienen no como dulces criaturas, en plácidas embajadas, vienen ahora como febriles perros, en jauría, tras la voz del poeta. Parecen entonces los versos para apaciguar una jauría, o para describir la trepidante persecución, versos de la carne que se prepara para ser mordida.
Resulta entonces que la jauría es legión y están por todas partes, en todos los objetos, que todo es un ángel y todo quiere morder y así es que, como escribe Rilke, “todo ángel es terrible”. Así, tienen aliento para describir a sus persecutores, sus sueños y apetencias. Sensualidad y humor es la estrategia, así, los ángeles sueñan lo mismo que una dama "que sólo tiene orgasmos/ cuando hace el amor/ con los calzones puestos."
Las causas de la caería, los nombres de los ángeles, los dioses que los soltaron. Quién es el perseguido, cuáles son sus culpas y entre ellas, la corrupción del mundo en la belleza, una parábola entonces de la baño de Diana, de la visión de la belleza en la que el poeta decide la vía del humor y la parodia “los ángeles encabronados”, los ángeles-perros que recuerdan el portentoso verso de Leopoldo María Panero –aquejado desde hace un tiempo por su inclemente jauría― : “¿acaso será mi alma un buen alimento para los perros?”, pero Chávez Díaz de León se ha puesto afortunadamente a salvo.
[3. La unidad es el relato de la causa de la persecusión]
Pero lo más característico de la obra de Chávez es la presentación de la unidad del libro en tanto tratado, no de los ángeles, sino de la persecución de los ángeles. Y el relato de las causas de la persecución. Es así un poema de amor, al estilo del que escribiría París, raptor de Helena, que tiene que resistir por diez años el acoso de los potentísimos héroes griegos de la Ilíada. O más bien, no es un poema de amor tampoco, es un poema de goce, es un poema erótico, heroicamente erótico. También los ángeles se van de cacería nos habla de las proezas del amor, una épica erótica y su consecuente trazado de ironía y sencillez.
Dicen que uno no estuvo de verdad jamás con una mujer, sino hasta que se lo contó a los amigos. Así es este poema, este libro que es sólo un poema, con unidad de atmósfera y de ritmo. Me imagino que es una historia que se podría escuchar a la barra de un antro allá, en la frontera, donde pasa de todo, incluyo esas diosas que por aquí también abundan, que dioses no.
Pude haber dicho esto al principio, y ahorrarles el esfuerzo de escuchar lo demás. Pero así son las cosas, ahí radica la gran necesidad de leer uno mismo los libros, la misma necesidad de viajar a lomos de los fieros ángeles, hacia el último poema, ese, de amor que al fin debía escribirse.
*
Un apunte sobre “leo, luego existo”, sé que es uno de esos títulos edificantes que ponen y deben poner las instituciones, porque las instituciones deben promover la lectura, si no para qué diablos están hechas, pero las instituciones suelen llevarlo todo a este tipo de frases, inteligentes y atractivas. Es un título apropiado para las instituciones, incluso para este sagrado recinto, pero no desde luego para la lectura. Imagínate que los que no leemos tanto como ese que dice “leo, luego existo”, existiéramos menos. Imagínate que existiera un lugar en el mundo donde la gente no leyera –desde luego que no es Méx., ni Zacatecas— donde yo veo que toda la gente más o menos existe. Creo que la lectura no es –ojalá nunca lo sea- para que alguien se asegure de que existe, de que está muy bien eso de leer porque así uno es, por consecuencia. Espero en serio, que la lectura jamás se convierta en un certificado de existencia. No, afortunadamente la lectura no es un hecho tan bonito y seguro. Es al mismo tiempo un hecho más feliz y peligroso, los libros, la lectura, nos han ayudado a darnos cuenta de que existimos, sí, pero no del todo, o que vivir es algo más complicado que leer y/o existir y de que no existo, pero insisto –para plagiar a un sabio. Más bien, cuando la lectura es un acto tan personal y genuino y valioso como nos quiere dar a entender esta simpática frase de “leo, luego existo”, es porque nos desestabiliza, porque deshace nuestras certezas, porque hace que no estemos tan pagados de nosotros mismos, para que no lleguemos a decir esa chocantísima frase de "leo, luego existo" –vamos ni la original, la de Descartes, me convence. Leer bajo ese principio edificante es para mi seguir siendo, profundizar, en el analfabetismo ilustrado: ese que más abunda, más aún que los ángeles, los dioses y las diosas. Esos a los que hay espantar, como a las moscas, con los brazos.
[1. El reclusorio de los ángeles]
Dicen que si toda la humanidad se acomodara de pie en una isla, cada una con un metro cuadrado a su disposición, todos cabrían en una isla de seis millones de kilómetros cuadrados, algo así como la superficie del Amazonas, una selva quizás más frágil, pero también más pavorosa. Ahora imagínate cuanto espacio se necesitaría para acomodar a todas las repúblicas de los ángeles, a todas sus jerarquías sin que tuvieran que ganarse un lugar a codazos. En El cielo sobre Berlín Win Wenders los acomodaba en las cornisas de los edificios, en los postes de luz, en los anuncios espectaculares, como enlutados pajarracos. Antiguamente, los hombres más sabios y más santos del mundo debatían largamente sobre cuántos eran los ángeles que se podrían acomodar en la cabeza de un alfiler. Y Santo Tomás entre ellos logró acomodar a todos los ángeles del mundo en aquella cabeza de alfiler y al alfiler, supongo, lo guardaron bajo llave en un lugar sagrado y están ahí los pobres ángeles en su reclusorio y por eso no andan más por el mundo, que tanto los necesita.
Quizá también por ello escribe Charles Simic que había un tiempo en que los ángeles abundaban en la tierra, tanto como las moscas, y que era necesario agitar los brazos para espantarlos. Pero ahora sabemos a dónde fueron los ángeles, dónde estaban encerrados; ahora sabemos qué cosa podría liberarlos, dejarlos desahogar su furia milenaria. Por eso Ángel Chávez, en Los ángeles también se van de cacería, dice que los ángeles han sido desencadenados, y están por todas partes y ya no caben otra vez sobre el planeta ―este planeta que ahora es tan pequeño como la cabeza de un alfiler.
[2. Versos para apaciguar una jauría]
El poemario está compuesto como un tratado, una angelología en verso. Los veros sostienen que los ángeles vienen de todas partes, de todos los dioses, vienen no como dulces criaturas, en plácidas embajadas, vienen ahora como febriles perros, en jauría, tras la voz del poeta. Parecen entonces los versos para apaciguar una jauría, o para describir la trepidante persecución, versos de la carne que se prepara para ser mordida.
Resulta entonces que la jauría es legión y están por todas partes, en todos los objetos, que todo es un ángel y todo quiere morder y así es que, como escribe Rilke, “todo ángel es terrible”. Así, tienen aliento para describir a sus persecutores, sus sueños y apetencias. Sensualidad y humor es la estrategia, así, los ángeles sueñan lo mismo que una dama "que sólo tiene orgasmos/ cuando hace el amor/ con los calzones puestos."
Las causas de la caería, los nombres de los ángeles, los dioses que los soltaron. Quién es el perseguido, cuáles son sus culpas y entre ellas, la corrupción del mundo en la belleza, una parábola entonces de la baño de Diana, de la visión de la belleza en la que el poeta decide la vía del humor y la parodia “los ángeles encabronados”, los ángeles-perros que recuerdan el portentoso verso de Leopoldo María Panero –aquejado desde hace un tiempo por su inclemente jauría― : “¿acaso será mi alma un buen alimento para los perros?”, pero Chávez Díaz de León se ha puesto afortunadamente a salvo.
[3. La unidad es el relato de la causa de la persecusión]
Pero lo más característico de la obra de Chávez es la presentación de la unidad del libro en tanto tratado, no de los ángeles, sino de la persecución de los ángeles. Y el relato de las causas de la persecución. Es así un poema de amor, al estilo del que escribiría París, raptor de Helena, que tiene que resistir por diez años el acoso de los potentísimos héroes griegos de la Ilíada. O más bien, no es un poema de amor tampoco, es un poema de goce, es un poema erótico, heroicamente erótico. También los ángeles se van de cacería nos habla de las proezas del amor, una épica erótica y su consecuente trazado de ironía y sencillez.
Dicen que uno no estuvo de verdad jamás con una mujer, sino hasta que se lo contó a los amigos. Así es este poema, este libro que es sólo un poema, con unidad de atmósfera y de ritmo. Me imagino que es una historia que se podría escuchar a la barra de un antro allá, en la frontera, donde pasa de todo, incluyo esas diosas que por aquí también abundan, que dioses no.
Pude haber dicho esto al principio, y ahorrarles el esfuerzo de escuchar lo demás. Pero así son las cosas, ahí radica la gran necesidad de leer uno mismo los libros, la misma necesidad de viajar a lomos de los fieros ángeles, hacia el último poema, ese, de amor que al fin debía escribirse.
*
Un apunte sobre “leo, luego existo”, sé que es uno de esos títulos edificantes que ponen y deben poner las instituciones, porque las instituciones deben promover la lectura, si no para qué diablos están hechas, pero las instituciones suelen llevarlo todo a este tipo de frases, inteligentes y atractivas. Es un título apropiado para las instituciones, incluso para este sagrado recinto, pero no desde luego para la lectura. Imagínate que los que no leemos tanto como ese que dice “leo, luego existo”, existiéramos menos. Imagínate que existiera un lugar en el mundo donde la gente no leyera –desde luego que no es Méx., ni Zacatecas— donde yo veo que toda la gente más o menos existe. Creo que la lectura no es –ojalá nunca lo sea- para que alguien se asegure de que existe, de que está muy bien eso de leer porque así uno es, por consecuencia. Espero en serio, que la lectura jamás se convierta en un certificado de existencia. No, afortunadamente la lectura no es un hecho tan bonito y seguro. Es al mismo tiempo un hecho más feliz y peligroso, los libros, la lectura, nos han ayudado a darnos cuenta de que existimos, sí, pero no del todo, o que vivir es algo más complicado que leer y/o existir y de que no existo, pero insisto –para plagiar a un sabio. Más bien, cuando la lectura es un acto tan personal y genuino y valioso como nos quiere dar a entender esta simpática frase de “leo, luego existo”, es porque nos desestabiliza, porque deshace nuestras certezas, porque hace que no estemos tan pagados de nosotros mismos, para que no lleguemos a decir esa chocantísima frase de "leo, luego existo" –vamos ni la original, la de Descartes, me convence. Leer bajo ese principio edificante es para mi seguir siendo, profundizar, en el analfabetismo ilustrado: ese que más abunda, más aún que los ángeles, los dioses y las diosas. Esos a los que hay espantar, como a las moscas, con los brazos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
